Final de obra

Mi padre miró por la ventana, como si me hubiera escuchado. Pero su mirada se quedó fija en el patio estrecho que dividía nuestras habitaciones, quizás creyendo que el sonido percibido provenía de algún roedor o simplemente se tratara del viento. Su rostro tenía una expresión hostil, poco frecuente en él, y sus ojos buscaban una respuesta a través del vidrio. Acto seguido, volvió a concentrarse en mi madre, que yacía estupefacta ante la violencia repentina de su amante.

El panorama era desolador. Una muerte parecía ser el final anunciado en ese espectáculo que me erizaba la piel.

La imagen de aquél tipo calmo, que despertaba sonriente todas las mañanas, estaba distorsionada gracias a esa furia que ahora llenaba su alma y lo volvía irreconocible. Ese hombre ya no era mi padre. Era una persona débil, poseída por una serie de emociones que no podía controlar y que lo empujaban a un trágico accionar.

Me hubiera gustado que en verdad existiera un pozo debajo de mi ventana, y así poder escapar de ese espantoso episodio que presenciaba. Sin embargo, mis ojos no podían dejar de seguir con atención el accionar de los actores, que se veían inmersos en un espiral descendiente de la desesperación.

De pronto, mi padre se fue de la habitación. Yo no entendía qué lo motivaba a retirarse del escenario de esa manera. Mi madre, por su parte, respiró aliviada y se levantó temblorosa.

Tan solo unos segundos después, mi padre regresó con un vaso de agua, que ofrecía con gesto avergonzado a su compañera. Su rostro había abandonado ya la dureza y la hostilidad que los caracterizaba, y había virado hacia un costado más armonioso, en donde la bondad retomaba su lugar protagónico.

El revolver ya no se podía ver. Quizás volvió a su tumba de madera en el pequeño armario del cuarto de mis padres. No lo sé. Lo que si me pude dar cuenta es que ese vaso de agua fue vaciado por la sed voraz de mi madre, cuyo rostro estaba demacrado: el maquillaje corrido, las trenzas  desarmadas, la mirada perdida.

Nunca pude conocer el motivo de esa discusión. Años más tarde, mi hermano me contó que había visto a nuestra madre de la mano con un desconocido, y que esa habría sido una de las razones de la separación. Preferí no darle valor a esa teoría.

Para mí, la relación tuvo su último acto aquella noche. Cuando la paz y la tranquilidad desaparecieron para siempre. Fue el nudo y desenlace. Fueron los últimos actos de una obra que tuvo su culminación. El final no fue explicito. Aparentemente ambos personajes retomaron la rutina con facilidad. Pero yo siempre supe que algo se había quebrado. Algo comenzó a ser diferente.

El trato entre ambos era distante. Casi no se dirigían la palabra. Pocas veces los vi sonreír en los años que estuvieron juntos. A mi me trataban muy bien, con el amor típico o esperable de las figuras paternas. Sin embargo, entre ellos había un hielo que amenazaba con congelar sus interiores para siempre.

A partir de esa noche, dejé de mirar por la ventana. En parte porque me aterraba presenciar un asesinato. En parte también porque comprendí que el show había terminado. Los artistas en escena dieron todo lo que pudieron. No había nada más que ver. Solo dos personas acompañándose mutuamente, sin otra razón que la de criar a sus hijos. El amor ya no brillaba en sus ojos. No había luz en esa habitación. Ni en invierno ni en verano. Ni siquiera en sus corazones.

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